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Chile: El miedo a la verdad

Contrario a lo que muchos desearían (especialmente aquellos viudos de las sinecuras y la tierra pro(gre)metida) resulta sumamente fácil, pero completamente inútil sumarse al carro sociológico- político de lo que sucede en Chile hoy. El país se enfrenta a uno de los rasgos más oscuros y perniciosos del ser humano: el miedo.

Y el peor de todos es el miedo a la verdad. Entendemos dicho concepto como aquel componente que se sustenta en todo acontecimiento indesmentible y respaldado por evidencia histórica. Es justamente por esas razones que no se logra compartir y menos aún empatizar con el catálogo de peripecias que miles de chilenos han intentado exponer tras manifestaciones, violencia, demandas y actos insurreccionales; entre otras cosas porque las soluciones a dichos problemas requieren un carácter de retroactivo porque son, en parte, los costos de las decisiones que se toman, y que pareciera ser, no tenemos el interés y/o capacidad de enfrentar.

Así las cosas, a simple vista resulta comprensible el miedo que sienten muchas personas al notar que reciben educación de mala calidad, o que el ahorro de sus vidas no les alcanza para subsistir durante la senectud, que el traslado de un lugar a otro se torna cada vez más costoso, que el sueño de una casa propia o simplemente de tener todos los deseos y necesidades satisfechas se hace inalcanzable, entre otros aspectos.

Esa comprensión del miedo, sin embargo, se desvanece como un espejismo cuando el ser humano no toma conciencia de las consecuencias de sus actos, y comienza, por ejemplo, por exigir gratuidad para satisfacer un bien económico como la educación, no teniendo en muchos casos las condiciones, aptitudes o disciplinas mentales para terminar adecuadamente una carrera universitaria, o peor aún, actuando con la emoción y no con el fundamental e imperioso ejercicio del pensamiento y la razón.

Ello se extrapola a materia de pensiones, donde se exige cubrir las irresponsabilidades o descuidos de quienes en no pocos casos no en-listaron en sus prioridades el ahorro previsional, y desean hoy recibir pensiones cuyos montos se habrían alcanzado cotizando entre 35 a 40 años habiendo ahorrado en promedio solo 18.

Tampoco faltan quienes, en virtud del aumento del costo de la vida creen que, por decreto, los salarios e ingresos de las personas deben aumentar considerablemente para evitar el malestar y frustración de la sociedad.  Un sueldo -o ingreso- es lo que alguien  recibe en contrapartida por proporcionar a alguien o a una entidad su fuerza de trabajo, servicios, conocimientos y capacidades. Para que los ingresos incrementen, necesariamente se deben elevar  o mejorar todos o alguno de los factores antes mencionados, algo que difícilmente puede ocurrir en un país donde un 46% de su fuerza laboral no cuenta con habilidades básicas adquiridas, donde las oportunidades de capacitación son escasas, y donde los dineros tomados co-activamente por el estado para dicha misión terminan por pagar sesiones de riso terapia o danza del vientre.

Y no, no se trata simplemente de enrostrar las carencias o miserias humanas. Tampoco tiene que ver con la sociedad que queremos, sino con el tipo de personas que queremos ser y queremos formar. Queremos personas que se hagan cargo de sí mismas y que ayuden a que otros también lo hagan. Queremos personas que entiendan que, para que cambien sus paradigmas de vida, tienen que partir por cambiar ellas mismas. Queremos personas que cuando estudian y solicitan ayuda financiera, entiendan que no cobran una deuda sino que la contraen. Queremos personas que, si se consideran adultas, entiendan que no pueden seguir actuando como adolescentes que esperan que un papá o mamá de Chile dirigiendo un gobierno o estado, les va a solucionar los problemas, porque eso, además de empeorar la calidad de líderes que nos rigen, perpetúa el estado de dependencia y servidumbre de la población y mina las esperanzas de caminar al desarrollo. Queremos personas que enfrenten la verdad y su realidad, por dolorosa que sea, y que tengan la razón suficiente para saber tomar sus propias decisiones, sabiendo que todas ellas tienen un costo.

Queremos personas conscientes de que vivir la vida significa trabajar y proyectar nuestra imagen en el corto, mediano y largo plazo. Solo así se evitan las amarguras de sobrevivir en miseria durante la vejez. Solo así se evitan las frustraciones de no resolver los vacíos educacionales  heredados de la mala calidad docente y educativa general de una nación. Solo así se puede caminar al desarrollo: transformando el miedo a la verdad por aterrizaje en la tierra y generar por nuestros méritos las puertas que nos podemos abrir para salir de la obscura y dañina habitación del pavor.


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