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Chile, la alegría NO viene

A propósito del aniversario del triunfo del NO que hace 30 años votaron casi 4 millones de Chilenos y que estableció el fin del periodo de Augusto Pinochet en el poder un 11 de Marzo de 1990, resulta desconcertante a lo menos observar con estupor el grado de barbarie intelectual y moral de algunos políticos de nuestro país que posan de estandartes de la democracia, y que aspiran a ostentar especies de títulos nobiliarios políticos que jamás han sido y les serán propios. Muchos de ellos versan de la importancia de la democracia para nuestro país aún no siendo demócratas ni comportándose como tales. Por el contrario, muchos dejan entrever a veces una clara vocación totalitaria respecto del ejercicio del poder y el desempeño que anhelan alcanzar en la actividad política.

Muchos de ellos hoy celebran un triunfo que les es ajeno. Muchos apostaron de manera permanente por la vía armada. Muchos de ellos, en las décadas del 60 y 70 se aprestaban a conquistar por asalto y violencia el poder total. Muchos de ellos justificaron la internación de armas para cometer crímenes donde en no pocas ocasiones perecieron víctimas inocentes. Subirse al carro de la victoria 30 años después de haber sacado a Pinochet del poder cuando no se tuvo arte ni parte en su estrategia y cuando su visión no era compartida es de un nivel de cinismo indignante para un país que se precia de civilizado. En fin, podríamos pasar una vida entera tratando de relatar y desnudar el historial de hipocresía e inconsistencia de los auto denominados demócratas. Esos mismos que, al mismo tiempo que versan sobre tolerancia y democracia, demuestran nula capacidad de llevarla a la práctica hoy.

La primera forma - y yo diría más bien la única - de acercarse a la democracia es por medio de la libertad. La libertad es ante todo la responsabilidad de ser uno mismo, y por ende tiene sus costos. El primero es el de aprender a co-existir con quienes piensan distinto, y ello demanda en primer lugar la capacidad de escuchar puntos de vista que tenemos el derecho a no compartir, y el deber de respetar. En segundo lugar, una democracia requiere una constante observación de nuestros puntos de vista, a fin de perfeccionarlos por medio de datos, argumentos, evidencias, y ojalá con un mínimo de realismo. En una democracia fortalecida y en serio, quienes gusten participar de ella deberían a lo menos aprender a solidificar sus cosmovisiones del mundo por medio de datos y argumentos, no por la vía de utilizar adjetivos calificativos con objeto de hacer imputaciones que buscan denigrar a una persona. Y es que la principal lección que nos dejó el haber tenido 16 años y medio de un régimen de facto, es la de aprender a co-existir, y buscar puntos de encuentro para no volver a cometer los errores que quebraron la convivencia democrática de nuestro país. Esos mismos errores son los que, sea por ignorancia, fanatismo o histeria colectiva nos están encaminado a un estado de cosas donde un grupo socio-político se arroga una superioridad moral que creen tener sólo por haber estado en condición de víctima en un determinado período de la historia, que a pesar de haber hecho sufrir a muchos de los suyos, pareciera que no les enseñó las consecuencias de querer promover instintos totalitarios y colectivistas, a saber: odio de clases, pobreza, segregación de la sociedad en bandos irreconciliables, dependencia, sub desarrollo, etc.
La primera forma de respeto, es la de atreverse a aceptar vivir con la diferencia, fortalecerse personalmente y no victimizarse ante ella para buscar a un tercero que la anule o haga desaparecer.

En consecuencia, decir NO a un régimen de fuerza, implica crecer, madurar, crecer mental, política y éticamente para buscar por medio de los argumentos y la elevación de los estándares de discusión, las soluciones y alternativas que lleven a una nación a prosperar. Para ello se requiere olvidar el infantilismo revolucionario, abandonar los instintos totalitarios bajo los cuales conducir la vida pública y ante todo, saber convivir, asuntos en que los estandartes de la superioridad moral no están interesados, y ante suel obstinación de persistir en sus ideas, solo queda pensar que se avisoran negativos aires en nuestra convivencia democrática, y que por de pronto, la democracia verdadera, la libertad y la famosa alegría, no vienen...

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