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El derecho a ser estúpidos

Resultado de imagen para diputados comunistasCorría Septiembre de 2014. La Nueva Mayoría llevaba 6 meses de gobierno y el historiador británico y profesor de la Universidad de Oxford Niall Ferguson en visita a Chile observaba con estupor como nuestro país, ese que durante 25 años se había convertido en el líder de la región, se encontraba de un momento a otro en la situación en la que estaba. Políticos buscando a toda costa demoler las bases políticas y económicas que habían llevado a nuestra nación a niveles nunca antes vistos, instalando una agenda de reformas que el país clamaba "a gritos", dividiendo a la sociedad con un lenguaje y un estilo de gobierno antiguo, de la época de la guerra fría, para muchos olvidado, y un clima mental que apuntaba a la restitución del estatismo, elegantemente llamado régimen de lo público. Esos factores fueron los que llevaron al académico a llegar a la conclusión de que Chile estaba ejerciendo su derecho a ser estúpido.

A su regreso, en Noviembre de 2017, Ferguson parece haber visualizado una leve disipación de ese clima mental en el marco de los estudios de mercado que establecían un malestar de las personas no sólo con el gobierno y sus características intrínsecas, sino con las medidas tomadas por éste para llevar a cabo el plan de reformas prometido.

El problema, sin embargo, es que al parecer tanto él como todos quienes comparten de una u otra forma su visión de mundo detectaron de forma bastante tardía que la raíz de este asunto no es sólo de carácter político, sino mental. Muchos cuestionarán este planteamiento que da la sensación de superficialidad a la hora de explicar el por qué ocurre lo que ocurre hoy en la izquierda. Ahora paso a explicar por qué.

Obstinación

Tras la derrota de Alejandro Guillier, se escuchó y espetó toda clase de fraseología en la Nueva Mayoría y el Frente Amplio, apuntando a la defensa del "legado" de Michelle Bachelet y sus políticas públicas. La unidad, la importancia de no dejar de luchar, y la necesidad de reformar o re articular a la futura oposición en un nuevo referente fueron los principales ejes de este tsunami de discursos con los ojos en blanco.

 En el fondo, todos ellos dejaron entrever que no existe una voluntad política real de analizar lo ocurrido en estos cuatro años. Siguen creyendo que el país apoya con inocultable fervor las ideas y la política implementada por este gobierno, que la derrota se debe a asuntos netamente de campaña, a un mal diseño de la estrategia comunicacional que se llevó a cabo.

Siguen sin entender que el país rechazó el proyecto político planteado por este gobierno, además de aspectos centrales como la incompetencia demostrada a la hora de enfrentar catástrofes, y la defenestración de las instituciones por medio del nepotismo, el despilfarro de recursos fiscales, y la omisión de responsabilidad política y administrativa para colaboradores cercanos como Javiera Blanco.

 Persisten con majadera y obstinada insistencia que ellos están en lo correcto y que los electores se equivocaron rotundamente. La mejor prueba de todo lo anterior es que la necesaria discusión y análisis de su contundente fracaso aún no se ha dado, y presidentes de partido como Álvaro Elizalde o Guillermo Teillier (en entrevista con La Tercera) continúan en la vía de pensar en re-articularse desde la DC al Frente Amplio para defender y mejorar en un futuro lo logrado.

Subestimación

El broche de oro lo colocaron los diputados del partido comunista, quienes en su conocida doctrina de odio de clases, y su persistente lenguaje religioso y maniqueo, no tardaron en referirse a esta situación apuntando a las características y los curiosos dotes de los electores. Si lo de Karol Cariola, apuntando a la presencia de gente rubia que jamás se había visto en Recoleta resultó irrisorio, y fuera de todo comentario, lo señalado por su par Hugo Gutiérrez confirmó que el cerco de la imprudencia siempre se puede correr aún más.

Y es que entrar a calificar a un sector del electorado como "facho pobre" o "idiota"(tratando de parafrasear y recordar a figuras como Facundo Cabral o Albert Einstein)  sólo por discrepar y/o rechazar el proyecto político que se ofrece, es un acto de subestimación, narcisismo y arrogancia inaceptable para un país cuya democracia ,con todos sus defectos, ha sido motivo de admiración en los últimos años para el resto del mundo.

Tratar a los ciudadanos de un modo peyorativo es un indicio de no tener respeto por la sana convivencia democrática, por la república como forma de administración y de vida; es una forma de inmadurez política y mental que nubla toda templanza y capacidad de aceptar que en política se gana y se pierde, que los electores son sujeto de respeto y no de prejuicios emanados de un golpe electoral a los principios propios. El derecho a ser estúpidos ejercido por la izquierda nadie lo puede negar, salvo un principio fundamental, la defensa del futuro moral de la democracia y la libertad para toda sociedad.






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